No espero que nadie se lea este ladrillo si no le gusta el fútbol, o si no disfruta con las leyendas. Será duro, aviso. Pero empecemos por el principio.
En el principio, fue Gaby.
Gaby Ruiz, no podía ser otro. Hará algo más de un año, me dijo: “En Argentina hablan de un futbolista que, dicen algunos, fue mejor que Maradona, pero que casi no jugó en Primera”. “¿Te acuerdas del nombre?”. “Un nombre raro, un apellido del este. Algo parecido a Carlovich”.
Recuerdo que cada uno por nuestro lado nos pusimos a buscar en Internet. Al rato, estábamos hablando del Trinche. De que probablemente no habría imágenes suyas golpeando una pelota. De que José Pekerman lo había incluido en su alineación ideal de todos los tiempos. De que quienes lo habían visto jugar hablaban maravillas. “El tema es tuyo, Gaby. ¿Lo harás para Fiebre Maldini?”, pregunté. Además de sabio, elegante, Ruiz me dijo que lo encontraba más un asunto para Informe Robinson, y que él tendría complicado dedicar los días en Argentina que el reportaje demandaba.
“¿Quién me dio la noticia?... un fiel amigo. Me hacía un gran favor, le di las gracias” (Gustavo Adolfo Bécquer).
Gasté un par de días en acumular información sobre Carlovich. Encontré algún trabajo en youtube de unos estudiantes de comunicación audiovisual argentinos, varios artículos en Internet. Poco más. Surgieron otros asuntos, otros reportajes. Y todo lo reunido sobre el Trinche Carlovich pasó a dormir el sueño de los justos en ese limbo que es la carpeta “Mis documentos”.
Pero el nombre quedó enquistado en mi cabeza. Llegó el verano, llegaron más reportajes, Karpov y Kasparov en Moscú, Fernando Llorente en India... Y llegó también, más tarde, ese instante en el que varias de las cosas que tienes entre manos se escurren entre los dedos. En que escasean los temas. Y entonces, ese momento de fugaz lucidez en el que otra vez el nombre asoma, gambeteando: ¡Carlovich! Y el pensar: en épocas de crisis a las que nadie somos ajenos, ¿está justificado un viaje a Argentina para hablar de un tipo al que casi nadie conoce?
Tragué saliva, y empecé a moverme. A través del compañero de Rosario Hernán Amez, que también había colaborado con Gaby Ruiz para el Informe Robinson de los orígenes de Messi (hijo del histórico periodista deportivo argentino Eduardo de Paz), conseguimos contactar con el Trinche. La primera impresión fue la de que habíamos dado con un tipo más que tranquilo, que casi ni se inmutó al enterarse de que una televisión de España pretendía hacerle un reportaje. “Sí, está bien, bárbaro. Este es mi número, llámenme más adelante”.
Seguimos indagando en la historia del Trinche. Dos personajes nos parecieron fundamentales: dos ex seleccionadores argentinos, dos nombres legendarios de los que había leído enormes elogios sobre el Trinche. Para dar con César Luis Menotti, fue fundamental mi compañero Luis Miguel Hinojal. A cambio, Luismi, el español más argentino del que se ha tenido noticia, se aseguró de que la entrevista sería extensa (faltaría más, sentarse ante Menotti y preguntarle solo por Carlovich, ¿estamos locos, carajo?). De la conversación telefónica con Pekerman, cuando por fin le localizamos, recuerdo su extrañeza y su alegría mezcladas por el hecho de que alguien desde España le preguntase por Carlovich: “Será un placer recibirles”. A ellos se sumaron Valdano y Bielsa, por rosarinos y por contemporáneos de nuestra leyenda. Con el primero, tan amable como siempre, no hubo problema. Gracias, Jorge. Con el segundo, otro mito a la altura del Trinche, hubo todas las dificultades que imaginábamos. Pero insistiremos.
Surgieron más nombres. Como Aldo Poy, popular por su gol de palomita con Rosario Central a Newell’s, cuya historia había leído en un inolvidable cuento del rosarino “Negro” Fontanarrosa. Como Carlos Aimar, el técnico de los golpes en el pecho con Logroñés o Celta. O como Mario Killer, lateral pelirrojo que había jugado en España con el Sporting y el Betis. Todos habían coincidido con él en Central, y habían disputado el famoso partido que midió a la selección argentina con un combinado de Rosario antes del Mundial 74. Siempre con Hernán como ayuda, todos dieron su ok a la entrevista. Otros nombres se pusieron sobre la mesa: Kempes o Quique Wolff también habían jugado el memorable partido. A esas alturas, ya sabía que el reportaje iba a ser. Y el reportaje FUE.
Fue un placer hablar por teléfono con Kempes, y que nos dijera que conocía el programa y que estaría encantado de que le entrevistáramos. Su trabajo para la ESPN en Estados Unidos impidió un encuentro que sí se produjo con otra estrella de la cadena, Quique Wolff, cuya foto debería aparecer en el diccionario RAE junto a la definición de caballero. Delicioso escucharle hablar de Bernabéu, de Juanito Gómez, de Messi.
Pisar la sede de El Gráfico, rebuscar entre sus tomos llenos de polvo, repasar viejas portadas, escarbar en busca de “notas” y fotos de Carlovich... aquello apestaba a fútbol por todas partes. Para alguien que adora este juego, la visita a una de las revistas más míticas de siempre, con la desinteresada compañía y ayuda de su redactor estrella, Diego Borinsky, fue toda una bendición.
Encontrarse con alguien tan cálido como Carlos Aimar y, tomando un café, recordar su etapa de futbolista, oírle hablar de cómo conoció a su ya fallecida esposa, charlar de sus hijos, del Logroñés, el Celta, de su falso infarto dirigiendo al Leganés en un partido copero contra el Madrid... aquello fue entrañable. El Cai, puro fútbol.
Fue grandioso conocer las entrañas del estadio de Argentinos Juniors, ahora llamado Diego Armando Maradona, guiados por José Pekerman, hidalgo argentino, que aguantó casi una hora de nuestro retraso, causado por problemas de tráfico. Cruzar el túnel que atravesó el 10 el día de su debut, y conocer el museo regentado y sufragado por los propios seguidores de ese enorme vivero de futbolistas que ha sido y será Argentinos Juniors. Gracias, señor Pekerman.
Imagínense saliendo cargados con todo el equipo (cámara, luces, trípode, bolsas... ¡acción!) de un ascensor en el edificio de la oficina porteña de César Luis Menotti, y que él les esté esperando en la puerta con los brazos abiertos literalmente, al grito de: “¿Dónde están los españoles pelotudos que vienen a preguntarme por Carlovich?”. Pues sí. Fue tremendo. Y fue un alivio reconocer a todos los personajes que aparecían en las fotos que adornaban su despacho. Porque esa (bendito Alain Giresse) fue la forma de superar el examen del Flaco antes de empezar una entrevista que se alargó por más de una hora. Para un mitómano futbolero, poder ver con Menotti el final del Granada-Barcelona, charlar antes y después de la entrevista sobre su Barça y Maradona, sobre Pelé... eso, señores, no hay dinero que lo pague. Gracias Luismi, gracias Fernando Signorini.
Fue una suerte conocer a los compañeros de Radio Cooperativa, en Buenos Aires, con Jordan Gallichio a la cabeza, otro amigo de Hernán que pasó a serlo mío, y que me habló de un actor “fanático de Carlovich”, Darío Grandinetti. A esa suerte se le sumó la de poder hablar con Grandinetti, y que él conservara fresco el recuerdo de aquel futbolista que había vivido tan cerca de la casa de su familia. Atravesar la puerta del café El Cairo junto a Grandinetti y llegarse hasta la mesa que ocupara Fontanarrosa... ¿puede haber algo más rosarino?
Reunir a los que habían sido arietes rivales en Rosario Central y Newell’s, Aldo Poy y Alfredo Obberti, en la sala de fiestas del primero, y verlos abrazarse y recordar anécdotas, fue una grata sorpresa. Fue un gustazo que se sumara a ellos Mario Killer, y saber que aún se encuentra cuando puede con Gordillo, Cardeñosa o Benítez para recordar viejos tiempos en verdiblanco. Que montó una sidrería en Gijón, que conserva su amistad con Enzo Ferrero, y que ahora conduce un taxi para alimentar a una prole numerosa, parte de la cual aún vive en España. Poy, Killer y Obberti me recordaron que futbolistas que casi llegaron a odiarse en su etapa en el césped, pueden alimentar una amistad cuando el vestuario se abandona para siempre.
Hermoso fue poder conversar con Juan Carlos Montes, ex entrenador de Argentinos Juniors y Newell’s Old Boys, donde hizo debutar a Diego Maradona y Jorge Valdano, respectivamente. Montes acababa de salir del hospital, donde le habían intervenido durante casi diez horas por problemas respiratorios la semana anterior. Su mujer nos detuvo cuando el propio Montes nos llevaba a visitar el estadio Marcelo Bielsa, cancha “leprosa”, y le reprendió por su atrevimiento: “¡No podés salir a la calle!”. Verle recuperado, oírle hablar con entusiasmo de Diego, del debut de Valdano con la albiceleste de Menotti, de los duelos Central-Newell’s... Historia viva del fútbol argentino. Pendiente queda una pieza sobre el debut de Maradona y cómo la recuerda el gran Montes.
Y Carlovich... el primer encuentro con el Trinche, la cadera ladeada en la puerta del club en el que días más tarde grabaríamos la cena con sus amigos... aquello fue inolvidable. ¡Joder, yo estaba nervioso! Su humildad, su sonrisa que se elevó a risa cuando le preguntamos por la pesca, su forma de evadir ciertas preguntas... Carlovich fue el gato de Chesire cuando futbolista por su forma de desaparecerse, y lo es ahora por esa sonrisa de la que se vale para hacerte la gambeta. Alguien de quien me guardaré muchas de las cosas que me dijo por teléfono y en persona, que terminó de quebrarse cuando se imaginó otra vez golpeando a la pelota y aclamado por la grada. Gracias Trinche, gracias “negro” Sullivan, gracias doctor Quinto Pagés. Gracias, muchachos de Central Córdoba. Me quedo con el afecto de Carlovich, esa leyenda con patas, en nuestra despedida, y le tomo la palabra sobre un futuro reencuentro, esta vez en Mendoza.
Fue un gustazo, como siempre, trabajar con el mejor cámara que conozco, Adolpho Cañadas, y montar el vídeo con un realizador del talento y la implicación de Edgar Delgado. Ha sido un gran parto para los dos, y aunque todo es mejorable, después del agotador esfuerzo (no es broma), nos damos por satisfechos. Y esta vez, con la ayuda del compañero Hernán Amez, inacabable conversador, inenarrables sus anécdotas sobre el club de los cornudos. Gracias a él, y a Julio Maldonado, sí, el gran Maldini, por su interés y su ayuda para localizar imágenes antiguas. ¡Bacalá!
La historia no acaba aquí. Me queda, nos queda pendiente, un encuentro con un carlovichista al que pisamos el tema para un documental, y su círculo de amigos trinchistas. Esperemos compensar de alguna forma el berrinche al señor Antonio Pacheco. De momento, esto a mí me ha servido para conocer su recomendable e hilarante blog, http://estoesunajena.blogspot.com ¡Menuda jena!
Perdón por el tostón. Perdón por no haberlo escrito antes, pero no he tenido tiempo (sí, ese especial de Barcelona 92). Larga vida a Carlovich, al fútbol, al potrero y a las leyendas. Y que todas las noches siga jugando el Trinche. Ale. ¡Ya está!
Raúl Román